Este modelo no quiere trabajadores

Un cambio de lógica: el valor ya no está en el trabajo

Durante décadas, la Argentina construyó —con avances y retrocesos— un modelo donde el trabajo era el eje de la vida económica y social. No solo como medio de subsistencia, sino como ordenador de la comunidad, generador de derechos y motor de movilidad social.

Hoy, ese principio está siendo desplazado. El modelo económico vigente no necesita trabajadores en el sentido clásico. No los integra, no los promueve y, en muchos casos, los considera un costo a reducir. Esto no es un efecto colateral: es parte estructural de su lógica.

El valor ya no está puesto en la producción con empleo intensivo ni en el dinamismo del mercado interno. Se desplaza hacia sectores que generan riqueza sin necesidad de incorporar grandes masas de trabajadores.


Un esquema productivo sin derrame

El corazón de este modelo está en sectores como la minería, los hidrocarburos y el agro. Actividades altamente rentables, pero de carácter capital-intensivo, no trabajo-intensivo.

Esto implica que:

  • Generan grandes volúmenes de riqueza con baja generación de empleo.
  • No necesitan un mercado interno fuerte para sostener su rentabilidad.
  • Están orientadas fundamentalmente a la exportación.

A esto se suma un elemento clave: gran parte de estas actividades está en manos de empresas concentradas, muchas de ellas de capital extranjero. Su lógica no es reinvertir en el país, sino remitir utilidades a sus casas matrices.

El resultado es un circuito económico que extrae riqueza pero no la redistribuye, generando tensiones incluso en el frente cambiario por la constante demanda de divisas para girar al exterior.


Tipo de cambio, importaciones y destrucción del empleo

Este esquema se complementa con políticas que profundizan la exclusión del trabajo:

  • Tipo de cambio planchado, que encarece la producción local.
  • Apertura irrestricta de importaciones, que compite directamente con la industria nacional.

El impacto es directo: cierre de pymes, caída del empleo formal y debilitamiento del entramado productivo. Lo que se destruye no es solo trabajo, sino el tejido social que ese trabajo organiza.

Porque el empleo no es únicamente ingreso: es identidad, comunidad, organización. Allí donde hay trabajo, hay sindicatos, hay redes, hay vínculos. Y eso es precisamente lo que este modelo parece dispuesto a desarticular.


La ofensiva contra lo social

En paralelo, se observa un desmantelamiento sistemático de políticas sociales que históricamente han sostenido redes comunitarias y solidarias. No es casual: tanto el trabajo organizado como la política social generan lazos colectivos, formas de resistencia y construcción comunitaria.

La fragmentación social no es un accidente. Es condición de posibilidad para un modelo que no incluye a las mayorías.

El sustento ideológico: antiperonismo y justificación del modelo
Esta orientación económica encuentra respaldo en sectores del poder que comienzan a explicitar su visión sin matices. En una reciente editorial de La Nación, firmada por Julio Saguier , se plantea la necesidad de “preservar el proyecto” y “proteger” al presidente Javier Milei, incluso relativizando problemas graves como la corrupción. Lo más revelador no es solo la defensa, sino el marco conceptual: la “contradicción principal” pasa a ser el antiperonismo. Es decir, la oposición a una tradición política que tiene como eje la distribución del ingreso y el trabajo como herramienta de ascenso social. De este modo, el conflicto deja de ser económico para convertirse en un proyecto de país contra otro.

Un país factoría o un país para todos

Lo que está en juego es el modelo de nación.

Por un lado, un país pensado como factoría dentro de la división internacional del trabajo: exportador de recursos primarios, dependiente del capital externo, con baja integración social y económica.

Por otro, un proyecto que concibe a la Argentina como una comunidad organizada, donde el crecimiento económico esté ligado a la generación de empleo, la distribución de la riqueza y la inclusión social.

El modelo actual avanza hacia la primera opción. Un país rico en recursos, pero con una riqueza concentrada en pocos. Un país donde las mayorías quedan relegadas a la precariedad o directamente excluidas.


La pregunta de fondo

La discusión no es técnica ni coyuntural. Es profundamente política.

¿Queremos una Argentina donde el trabajo siga siendo el eje de la vida social?
¿O aceptamos un esquema donde la riqueza se genera sin el pueblo y, en consecuencia, también sin el pueblo se distribuye?

Porque cuando un modelo no necesita trabajadores, lo que está diciendo —en el fondo— es que tampoco necesita ciudadanos integrados.

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