Es comprensible que muchos vecinos se preocupen por la convivencia, por la seguridad o por el estado de algunas propiedades. Nadie quiere vivir al lado de una casa abandonada, deteriorada o convertida en un foco de problemas. Ese malestar existe y es legítimo.
Pero también es real que cada vez hay más familias que no pueden acceder al mercado formal de alquileres. Los precios se vuelven inaccesibles, los requisitos imposibles de cumplir y la alternativa, para muchos, termina siendo alguna forma precaria -y cara- de vivienda.
Ahí es donde aparece el verdadero problema: cuando el Estado se borra de la escena, los vecinos terminan enfrentados entre sí, porque esa combinación de abandono, especulación y falta de políticas públicas es la que genera conflictos en el barrio.
Cuando una propiedad queda vacía durante años, el barrio se deteriora. Y cuando una familia queda en la calle, el barrio también se rompe. Un poco de decisión política podría servir para paliar una emergencia habitacional.
Pero claro… para eso habría que pensar la vivienda como una política humana.
No como un negocio inmobiliario para los amigos
El barrio necesita orden, sí. Pero también necesita humanidad.
Porque en el barrio no sobra gente.
Lo que sobran, demasiadas veces, son casas vacías.





